En esta ocasión, y como inicio de este
viaje que acabo de emprender, quiero dejar a un lado cuestiones teóricas como
la distinción entre "fantasma" y "espíritu", la aparición y
tipos de mediumnidad, y la necesaria inclusión de muchos otros fenómenos bajo
la etiqueta "paranormal". También quiero apartar la cara empírica de
la moneda, y dejar la narración de experiencias propias para más adelante. Esta
vez, para variar, tengo intención de centrarme en el aspecto más humano, e incluso
moralista, de la cuestión. Al fin y al cabo, hay mucho camino por recorrer, pero
antes de echar a andar es necesario marcar una dirección.
Hace apenas una semana tuve la oportunidad
de visitar el cementerio de Greyfriars, en Edimburgo, gracias al tour City of the Dead: Haunted Graveyard. El
tour se anuncia como la única posibilidad de acceder al área cerrada del
cementerio en la que el poltergeist MacKenzie ha sido documentado en numerosas
ocasiones. Este fenómeno paranormal es considerado, al fin y al cabo, como el
mejor documentado de la historia. Ha sido protagonista de programas de
televisión, radio, e incluso debates históricos y políticos, y ha llamado la
atención (como yo misma pude comprobar) de numerosos grupos de “cazafantasmas”.
Este poltergeist, además de haber proporcionado evidencias de la existencia de
los fenómenos paranormales que podrían convencer a los más escépticos, ha
destacado por su violencia. Es por eso que los organizadores del tour se ven
obligados a avisar a aquellos que, como yo, tienen la valentía —o falta de
sentido común— de adentrarse en la prisión de los covenanters de que podrían sufrir daños físicos y mentales durante
la experiencia.
La hora y media que pasé en el cementerio
de Greyfriars ha cambiado mi vida, aunque no de la forma en que cabría pensar.
Además de una historia apasionante y una experiencia en el “Mausoleo Negro” que
estoy deseando compartir, lo más valioso que me llevé de esa experiencia fue
una nueva perspectiva.
Después de haber participado en sesiones
de iniciación a la investigación paranormal durante unos diez meses, aquel tour
se presentaba como la oportunidad perfecta para añadir a mi lista de lugares
malditos visitados, analizados, y estudiados a la madre de todos los fenómenos
paranormales. No era más que un logro que añadir a mi haber, una experiencia
sublime que poder compartir con otros entusiastas de lo paranormal. Sin
embargo, la visita a Greyfriars fue de lo más inusual y reveladora.
El punto álgido del tour es el momento en que
te meten junto a un grupo de desconocidos —cinco en mi caso— que por un momento
se convierten en compañeros de fatiga, en el interior del Mausoleo Negro. La
única luz dentro de aquella minúscula habitación de techo abovedado en mitad de
la prisión de los covenanters —miembros
de un movimiento religioso nacido en el seno del presbiterianismo, víctima de
persecuciones, encarcelamientos y ejecuciones en el Siglo XVII— era el reflejo
de la linterna de nuestro guía. David, que así se llamaba, nos vigilaba desde
la puerta, preparado para atendernos si alguno de nosotros sufría un desvanecimiento.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí dentro, pero fue entonces cuando David añadió
el colofón final a la historia que nos había estado narrando con una sencillez y brillantez
increíbles.
“Muchas de las personas que han estado alguna
vez donde estáis ahora vosotros afirman haber sido víctimas del ataque del
poltergeist. Seáis o no los siguientes, hay algo que creo que deberíamos pensar
por un momento ¿Por qué no iban a atacaros estos espíritus, si es que los hay,
cuando habéis venido a buscarlo, y casi a pedirlo? ¿Y quién podría culparlos si
lo hacen? Ya sean los covenanters o
Sir George MacKenzie, o incluso cualquiera de los protagonistas de las historias
que os he contado, lo cierto es que su existencia es el resultado de una tragedia.
La historia de la prisión de los covenanters
y de todo el cementerio de Greyfriars está marcada por injusticias y desgracias
sucedidas a lo largo de cientos de años. Sin embargo, esas tragedias que
deberían encogernos el corazón se han convertido en un mero entretenimiento. Si,
en efecto, hay un espíritu —o multitud de ellos— atrapado en este lugar,
sufriendo una agonía eterna mientras nosotros venimos aquí noche tras noche en
su busca, no es de extrañar que reaccionen con hostilidad, e incluso violencia.
¿Y quién puede culparlos?”
Poco más se puede añadir. No voy a pedir a
nadie que deje de adentrarse en lugares “malditos” en busca de pruebas de la
existencia de lo paranormal. Tampoco voy a pedir que dejemos de discutir sobre los
aspectos históricos y teóricos, o que dejemos de compartir nuestras
experiencias. Sí quiero pedir, sin embargo, que nos acerquemos a estas
situaciones con un nuevo enfoque. Voy a pedir que no los veamos como simples fenómenos
—tanto en el sentido positivo como negativo de la palabra—, sino que recordemos
cuál es su origen.
A todos aquellos que creéis en la
existencia de lo paranormal sólo voy a pediros una cosa: que recordéis las
palabras de David. Recordad que, por encima de todo, estamos tratando con
personas, que en muchos casos han sufrido una muerte trágica, a veces precedida
por una agonía sin fin. Vivas o muertas, las personas merecen respeto.
Gracias por ayudarme a recordar lo que
pensé que ya sabía, David. Y gracias a Sir George MacKenzie, si es que es él quien
deambula por el Mausoleo Negro, por respetar mi integridad. Prometo devolver el
mismo trato.

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