A David y George


En esta ocasión, y como inicio de este viaje que acabo de emprender, quiero dejar a un lado cuestiones teóricas como la distinción entre "fantasma" y "espíritu", la aparición y tipos de mediumnidad, y la necesaria inclusión de muchos otros fenómenos bajo la etiqueta "paranormal". También quiero apartar la cara empírica de la moneda, y dejar la narración de experiencias propias para más adelante. Esta vez, para variar, tengo intención de centrarme en el aspecto más humano, e incluso moralista, de la cuestión. Al fin y al cabo, hay mucho camino por recorrer, pero antes de echar a andar es necesario marcar una dirección.
Hace apenas una semana tuve la oportunidad de visitar el cementerio de Greyfriars, en Edimburgo, gracias al tour City of the Dead: Haunted Graveyard. El tour se anuncia como la única posibilidad de acceder al área cerrada del cementerio en la que el poltergeist MacKenzie ha sido documentado en numerosas ocasiones. Este fenómeno paranormal es considerado, al fin y al cabo, como el mejor documentado de la historia. Ha sido protagonista de programas de televisión, radio, e incluso debates históricos y políticos, y ha llamado la atención (como yo misma pude comprobar) de numerosos grupos de “cazafantasmas”. Este poltergeist, además de haber proporcionado evidencias de la existencia de los fenómenos paranormales que podrían convencer a los más escépticos, ha destacado por su violencia. Es por eso que los organizadores del tour se ven obligados a avisar a aquellos que, como yo, tienen la valentía —o falta de sentido común— de adentrarse en la prisión de los covenanters de que podrían sufrir daños físicos y mentales durante la experiencia.
La hora y media que pasé en el cementerio de Greyfriars ha cambiado mi vida, aunque no de la forma en que cabría pensar. Además de una historia apasionante y una experiencia en el “Mausoleo Negro” que estoy deseando compartir, lo más valioso que me llevé de esa experiencia fue una nueva perspectiva.
Después de haber participado en sesiones de iniciación a la investigación paranormal durante unos diez meses, aquel tour se presentaba como la oportunidad perfecta para añadir a mi lista de lugares malditos visitados, analizados, y estudiados a la madre de todos los fenómenos paranormales. No era más que un logro que añadir a mi haber, una experiencia sublime que poder compartir con otros entusiastas de lo paranormal. Sin embargo, la visita a Greyfriars fue de lo más inusual y reveladora.
El punto álgido del tour es el momento en que te meten junto a un grupo de desconocidos —cinco en mi caso— que por un momento se convierten en compañeros de fatiga, en el interior del Mausoleo Negro. La única luz dentro de aquella minúscula habitación de techo abovedado en mitad de la prisión de los covenanters —miembros de un movimiento religioso nacido en el seno del presbiterianismo, víctima de persecuciones, encarcelamientos y ejecuciones en el Siglo XVII— era el reflejo de la linterna de nuestro guía. David, que así se llamaba, nos vigilaba desde la puerta, preparado para atendernos si alguno de nosotros sufría un desvanecimiento. No sé cuánto tiempo estuvimos allí dentro, pero fue entonces cuando David añadió el colofón final a la historia que nos había estado narrando con una sencillez y brillantez increíbles.
 “Muchas de las personas que han estado alguna vez donde estáis ahora vosotros afirman haber sido víctimas del ataque del poltergeist. Seáis o no los siguientes, hay algo que creo que deberíamos pensar por un momento ¿Por qué no iban a atacaros estos espíritus, si es que los hay, cuando habéis venido a buscarlo, y casi a pedirlo? ¿Y quién podría culparlos si lo hacen? Ya sean los covenanters o Sir George MacKenzie, o incluso cualquiera de los protagonistas de las historias que os he contado, lo cierto es que su existencia es el resultado de una tragedia. La historia de la prisión de los covenanters y de todo el cementerio de Greyfriars está marcada por injusticias y desgracias sucedidas a lo largo de cientos de años. Sin embargo, esas tragedias que deberían encogernos el corazón se han convertido en un mero entretenimiento. Si, en efecto, hay un espíritu —o multitud de ellos— atrapado en este lugar, sufriendo una agonía eterna mientras nosotros venimos aquí noche tras noche en su busca, no es de extrañar que reaccionen con hostilidad, e incluso violencia. ¿Y quién puede culparlos?”
Poco más se puede añadir. No voy a pedir a nadie que deje de adentrarse en lugares “malditos” en busca de pruebas de la existencia de lo paranormal. Tampoco voy a pedir que dejemos de discutir sobre los aspectos históricos y teóricos, o que dejemos de compartir nuestras experiencias. Sí quiero pedir, sin embargo, que nos acerquemos a estas situaciones con un nuevo enfoque. Voy a pedir que no los veamos como simples fenómenos —tanto en el sentido positivo como negativo de la palabra—, sino que recordemos cuál es su origen.
A todos aquellos que creéis en la existencia de lo paranormal sólo voy a pediros una cosa: que recordéis las palabras de David. Recordad que, por encima de todo, estamos tratando con personas, que en muchos casos han sufrido una muerte trágica, a veces precedida por una agonía sin fin. Vivas o muertas, las personas merecen respeto.

Gracias por ayudarme a recordar lo que pensé que ya sabía, David. Y gracias a Sir George MacKenzie, si es que es él quien deambula por el Mausoleo Negro, por respetar mi integridad. Prometo devolver el mismo trato.

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